Un hato de ganado criollo se agrupa en la sabana; su conducta colectiva puede proteger a los terneros y reducir el riesgo de ataques de jaguares y pumas.

Una investigación sobre razas del Pantanal brasileño y la Orinoquía colombo-venezolana plantea que su defensa colectiva frente a los grandes felinos podría reducir las pérdidas económicas y facilitar la convivencia con el puma sin renunciar a la producción tradicional.

Durante décadas, numerosos ganaderos han considerado imposible compartir el territorio con jaguares y pumas, debido a las pérdidas económicas que causan los ataques.

Sin embargo, una investigación de Marcus Vinicius Morais de Oliveira, de la Universidade Estadual de Mato Grosso do Sul; Dirce Ferreira Luz, de la Universidade Federal de Mato Grosso do Sul, y Germán Martínez Correal, de Asocriollanos de Colombia, plantea una alternativa: aprovechar la capacidad defensiva de las razas criollas, adaptadas durante siglos a territorios con grandes depredadores.

El trabajo se concentra en dos escenarios decisivos para Sudamérica que comparten el mismo desafío: el Pantanal brasileño, con unos 14 millones de hectáreas, y la Orinoquía colombo-venezolana, cercana a los 98 millones de has.

Según los científicos, ambos ecosistemas combinan sabanas, bosques, humedales y corredores fluviales, almacenan carbono y agua dulce, y sostienen comunidades cuya economía depende de la producción pecuaria.

En esos paisajes, el jaguar y el puma cumplen una función esencial. “Como depredadores tope, regulan especies silvestres, retiran animales débiles o enfermos y ayudan a mantener el equilibrio de la vegetación”, sostienen los investigadores.

Su desaparición puede provocar sobrepoblación de presas y una cadena de deterioro ambiental.

El problema surge cuando bovinos comerciales, introducidos recientemente y con menor respuesta colectiva ante el peligro, quedan expuestos en sistemas extensivos, donde los terneros son especialmente vulnerables.

Cada ataque aumenta la presión económica sobre el productor y puede alimentar represalias contra los felinos, aun cuando estos cumplen un papel ecológico insustituible.

Defensa en grupo

La experiencia con los bovinos criollo como el Pantaneiro, en Brasil, y el Casanareño y Sanmartinero, en Colombia, ofrece otra ruta.

Descendientes de animales ibéricos llegados hace más de cinco siglos, estas poblaciones soportaron inundaciones, sequías, parásitos, escasez de forraje y la presencia continua de depredadores.

Esa selección favoreció rasgos como la rusticidad, la movilidad, la habilidad materna y la vigilancia.

Según los investigadores, ante señales olfativas, auditivas o de comportamiento, los animales pueden reorganizarse frente a los ataques de felinos. “Concentran a los más vulnerables en el centro del grupo y enfrentan el riesgo de manera coordinada”, explican los autores.

La defensa colectiva reduce la eficacia del ataque y convierte al ganado en una presa menos accesible y menos interesante para el felino.

El efecto puede extenderse a nuevas generaciones de jaguares y pumas. Si los ataques al ganado se mantienen bajos, las hembras tendrían menos incentivos para enseñar a sus crías a cazar terneros.

Así, los jóvenes felinos conservarían su preferencia por presas silvestres, y disminuirían tanto las pérdidas como la persecución humana.

Genética para convivir

El modelo no elimina la necesidad de un manejo responsable, pero permite replantear el conflicto.

En lugar de depender solo de infraestructura costosa o de especies introducidas —como los búfalos usados para defensa, capaces de degradar manantiales y cursos de agua—, los productores podrían apoyar parte de la prevención en una genética adaptada al territorio.

Conservar estas razas, advierten los autores, exige políticas públicas, bancos de germoplasma, criadores comprometidos y mercados que reconozcan su valor.

No se trata solo de proteger un patrimonio histórico: son “tecnologías biológicas vivas” que podrían fortalecer la resiliencia climática y convertir la convivencia entre ganadería y fauna silvestre en una ventaja productiva.